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Empoderamiento no es una palabra que sobra. Sobran los discursos vacíos y vender humo.

Últimamente escucho en algunos círculos de mujeres —sobre todo en espacios de mujeres empresarias con un alto nivel de privilegio— que la palabra empoderamiento ya no les representa. Que les suena a “deber ser”. Que parece una palabra antigua. Que ya una puede empoderarse sola. Que hablar de empoderamiento suena incluso a discurso superado.

Y cada vez que escucho esto, pienso lo mismo: qué peligroso es hablar del empoderamiento desde una vida donde los privilegios ya han hecho parte del trabajo.

Porque sí, entiendo que algunas palabras se vacían cuando se repiten sin conciencia. Entiendo que muchas empresas, marcas personales y discursos de liderazgo hayan usado el empoderamiento como un cartel luminoso para vender cursos, promesas rápidas y frases inspiracionales. Pero que algunas hayan convertido la palabra en marketing no significa que la palabra haya perdido su sentido.

El problema no es el empoderamiento, es el discurso vacío

Lo que está gastado no es el empoderamiento.
Lo que está gastado es el humo.

Empoderarse no es levantarse una mañana, mirarse al espejo y decir: “Hoy decido creer en mí”. Ojalá fuera tan sencillo. Empoderarse tampoco es tener una agenda bonita, una frase motivacional en Instagram o una foto con traje diciendo que “si quieres, puedes”.

La realidad de muchas mujeres en España y Andalucía

Porque hay mujeres que quieren y no pueden todavía.
Hay mujeres que tienen talento, pero no tienen red.
Hay mujeres que tienen una idea de negocio, pero no tienen ahorros.
Hay mujeres que desean cambiar de vida, pero están atrapadas en los cuidados, en la precariedad, en la culpa, en la falta de tiempo o en el miedo económico.

Y esto, en España y en Andalucía, no es una teoría. Es una realidad.

En Andalucía, por ejemplo, la tasa de paro femenino sigue siendo más alta que la masculina. En el cuarto trimestre de 2025, la tasa de paro de las mujeres andaluzas era del 17,5%, frente al 12,2% de los hombres. Además, de las 622.800 personas paradas en la comunidad, 343.400 eran mujeres.

También sabemos que en 2025 había en Andalucía 353.800 mujeres paradas, el 55,25% del total de personas desempleadas, y que la tasa de paro femenino se situaba en el 18,18%, cinco puntos y medio por encima de la masculina.

Emprender siendo mujer no significa partir desde el mismo lugar

Entonces, cuando alguien dice alegremente que “cada mujer puede empoderarse sola”, yo me pregunto: ¿desde dónde lo está diciendo?

¿Desde una casa con apoyo familiar?
¿Desde una cuenta bancaria que permite equivocarse?
¿Desde una red de contactos heredada?
¿Desde una carrera profesional validada?
¿Desde una realidad donde cuidar no lo ocupa todo?

Porque no es lo mismo emprender con colchón económico que emprender con miedo a no poder pagar la cuota de autónoma. No es lo mismo reinventarse profesionalmente con tiempo libre que hacerlo después de trabajar ocho horas, cuidar a tus hijos, atender a tus mayores y llegar agotada a la noche. No es lo mismo liderar desde una sala de juntas que intentar recuperar tu voz después de años de haber sido educada para agradar, callar o pedir permiso.

Por qué el empoderamiento femenino sigue siendo necesario

Por eso me preocupa tanto cuando se desprecia la palabra empoderamiento desde lugares cómodos. Porque muchas veces no se está cuestionando la palabra. Se está invisibilizando a las mujeres que todavía necesitan ese proceso.

Empoderarse no es una moda.
Empoderarse es recuperar poder personal, económico, emocional y profesional.
Y para muchas mujeres, eso no ocurre en soledad.

Necesita acompañamiento. Necesita metodología. Necesita espacios seguros. Necesita referentes. Necesita formación. Necesita conversaciones incómodas. Necesita aprender a negociar, poner límites, hablar en público, revisar creencias, ordenar una idea de negocio, construir una propuesta de valor, entender números, sostener la autoestima y tomar decisiones sin pedir perdón por existir.

En el emprendimiento también ocurre. Andalucía ha consolidado su actividad emprendedora en niveles históricamente altos, con una Tasa de Actividad Emprendedora del 7,0% según el Informe GEM Andalucía 2024-2025. Pero el mismo informe señala desafíos: cae la intención de emprender a futuro y la brecha de género en la actividad emprendedora se amplía ligeramente a favor de los hombres, aunque más mujeres que hombres manifiestan intención de emprender en el futuro.

Esto nos dice algo importante: las mujeres tienen deseo, visión e intención. Pero el deseo no basta si el entorno no acompaña.

No basta con decirle a una mujer “cree en ti” si no le damos herramientas para sostener esa confianza cuando llegue el primer no, el primer impago, la primera crítica, la primera negociación o la primera factura que no sabe cómo emitir.

No basta con decir “sé líder” si no revisamos por qué tantas mujeres llegan a los espacios de liderazgo con síndrome de impostora, miedo a incomodar o tendencia a demostrar el doble para ser tomadas en serio.

No basta con decir “emprende” si no hablamos de financiación, tiempo, redes, cuidados, alfabetización digital, marca personal, estrategia comercial y salud mental.

Y no basta con decir “empodérate” si usamos esa palabra como mandato individualista: “hazlo tú sola, resuelve tú sola, supérate tú sola”.

Para mí, el empoderamiento no es eso.

El empoderamiento no es exigirle más a una mujer que ya está sosteniendo demasiado. Es ayudarla a reconocer su valor, recuperar agencia y construir condiciones reales para avanzar.

Y aquí quiero ser clara: acompañar procesos de empoderamiento no significa salvar a nadie. Las mujeres no necesitan salvadoras. Necesitan profesionales honestas, espacios rigurosos y metodologías que no les vendan fantasías. Necesitan que alguien les diga la verdad con cuidado: que crecer cuesta, que liderar implica incomodidad, que emprender requiere estrategia, que la independencia económica no se improvisa y que la confianza también se entrena.

Por eso me niego a tirar la palabra empoderamiento a la basura solo porque algunas la han utilizado mal.

Yo he visto a mujeres empoderarse cuando se atreven a hablar en una reunión después de años sintiéndose pequeñas.
Cuando ponen precio a su trabajo sin disculparse.
Cuando entienden que su historia no es una carga, sino una fuente de liderazgo.
Cuando dejan de esperar permiso para lanzar un proyecto.
Cuando aprenden a decir “no puedo con todo” sin sentir que han fracasado.
Cuando pasan de sobrevivir a tomar decisiones.

Eso no es humo.
Eso es transformación.

Y quizá el verdadero debate no sea si la palabra empoderamiento está pasada de moda. Quizá el debate sea quién puede permitirse decir que ya no la necesita.

Porque mientras haya mujeres con menos acceso a empleo, menos tiempo propio, menos red, menos ingresos, más carga de cuidados y más miedo a equivocarse, hablar de empoderamiento seguirá siendo necesario.

No como consigna vacía.
No como frase de taza.
No como producto milagro.

Sino como proceso serio, humano y profundamente político.

Empoderar no es exigir más, es ayudar a recuperar poder

Empoderar no es decirle a una mujer que puede con todo.
Empoderar es ayudarla a descubrir qué quiere, qué necesita, qué límites debe poner, qué recursos tiene, qué estrategia puede construir y qué poder está lista para recuperar.

Y eso, lejos de estar pasado de moda, sigue siendo una de las tareas más urgentes de nuestro tiempo.

Author:

CEO - Fundadora de Esther Mesa-Liderazgo Femenino.

Esther Mesa.

Mesina 8. Dos Hermanas, Sevilla. España Alfredo Barros Errazuriz 1954. Stgo. Chile